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Se trata de una amplísima colección de letras susceptibles de ser cantadas por este “palo” flamenco, buena parte de ellas recopiladas de otros poetas, muchas debidas al propio autor, y todas acompañadas de una breve explicación sobre qué ha querido expresar el autor en esos tres o cuatro versos sentenciosos, o imperativos, o inquisitivos, o petitorios o despectivos que en su momento escribió.
Y ese contenido solearero es variado, muy variado, porque lo mismo hay referencias al amor, que a la vida, que a la muerte o que a situaciones humorísticas o cómicas, porque también hay letras de ese cariz. Que ustedes las disfruten. Y si saben cantar, cántenlas.
De este libro se ha dicho: Esa Sevilla poética es la misma que cristaliza en las soleares que nos ha regalado Manolo Melado, el barbero de Sevilla con el que Rossini pega la hebra en otro lugar con nombre diminuto: El Rinconcillo. “Me mató una soleá” es un delicioso librito que lleva un prólogo escrito por uno de los sevillanos con más gracia en el mejor sentido del término: José Luis Montoya, de quien aprendimos en su día los fundamentos de ese flamenco que no se rinde a los cantos de sirena del flamenquito. Melado ha emprendido un viaje a través de la soleá, ese molde exacto que sirve para el poema que todo lo dice y todo lo calla, para el amor y la muerte, para la belleza y el escalofrío, para la pena que nos espera pacientemente al otro lado de esta luz de noviembre que ya no puede ser más azul.
Francisco Robles
ABC de Sevilla (18-11-2011)